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Tuesday, December 22, 2009

Haya más allá del APRA

(publicado en revista ideele, dic 2009)

A Víctor Raúl Haya de la Torre le gustaba citar a Aristóteles diciendo “el hombre es un animal político”, para luego agregar “si no es político, se queda en animal”. ¿Cómo hablar del hombre entonces, más allá de la política?

Conocí a Víctor Raúl escuchando sus discursos en las plazas de los libros de historia, ubicadas convenientemente bajo subtítulos como “APRA” o “Política del siglo XX”. Luego conocí a otro Haya, un hombre familiar que hacía esperar en la calle a la política mientras almorzaba en la casa de mis abuelos años antes de que yo naciera. No tocaba la política en la casa, me cuenta mi tía Blanca Benavides de Morales.



El hombre de familia

Víctor Raúl no se casó ni tuvo hijos. Quizá buscando la familia que no creó visitaba a su prima Mercedes, mi bisabuela, en su casa de la avenida Arequipa y luego en la casa de mis abuelos, en Miraflores. Eran como hermanos —me dice mi abuela, Elsa Ganoza de Benavides—: muy unidos desde criaturas.

Mercedes de la Torre es una constante en la vida de Víctor Raúl. Los dos nacieron en 1895 en Trujillo y murieron uno después del otro, los dos a los ochenta y cuatro años. Hablaban casi todas las mañanas por teléfono —por horas, añade mi abuela—, hasta cuando Haya estaba asilado en la Embajada de Colombia. Mientras Víctor Raúl estuvo preso en el Panóptico, Mercedes le mandó todos los días la vianda, temiendo que lo envenenaran. Cuando Haya residía en Roma, viajaron juntos por Europa acompañados por mi bisabuelo Eduardo Ganoza y mi tía Florencia Cabrera. Villa Mercedes, la casa de Vitarte donde Víctor Raúl residió los últimos veinte años de su vida, pertenecía a mi bisabuela. Porque Haya no tenía dinero —explica mi tía Blanca—; cabeza es lo que tenía —agrega mi abuela—.

Mi tía Blanca recuerda que cuando era chica, sentada en la misma mesa donde ahora yo la entrevisto, se impresionaba al ver que Víctor Raúl se paraba en la mitad del almuerzo y recitaba una poesía, y después la mamama Mercedes contestaba otra, y así seguían. Valdelomar, Vallejo… empezaban y no paraban.

Tenía una memoria de elefante —exclama mi abuela—, y de qué no sabía el Viejo. Le hablabas de la China —me dice mi abuelo, Alberto Benavides de la Quintana— y sabía de la China. Le hablabas de la India, sabía de la India: que su religión, que sus costumbres, todo sabía.

Era un hombre interesantísimo —comenta mi tía Blanca—; con decirte que yo tenía muchos amigos antiapristas, de familias antiapristas, y venía Víctor Raúl y me decía que quería reunirse con un grupo de mis amigos, y no se hablaba nada de política, absolutamente nada de política; nos podíamos quedar hasta las dos, tres de la mañana. Él hablaba y todos se quedaban con la boca abierta.

Cuenta mi abuelo que cuando tenía como cuarenta años leyó Ariel, del uruguayo José Enrique Rodó. Justo cuando acababa de terminar de leer el libro lo llamó su suegra, Mercedes, y le preguntó si podía ir a almorzar a su casa, que Víctor Raúl iba a ir. Ésta es la mía —pensó mi abuelo—: le voy a hablar de Ariel y de Rodó. Pero no lo fue. Lo sabía mejor que yo —dice mi abuelo, impresionado todavía después de tantos años—. Yo lo acababa de leer, pero él sabía todo y se acordaba de todo, aunque lo había leído, no sé, veinte años atrás.



El educador


Víctor Raúl era un hombre exquisito como intelectual —señala mi tío Roque Benavides—: hablaba inglés, alemán, francés, italiano; conoció a Einstein. No le importaba el aplauso fácil —me dice—; más allá de ser un orador de arengas, era un hombre al que le gustaba dejar un mensaje. Era un educador por esencia, un maestro.

En Trujillo, por 1972, 1973 —recuerda mi tío Roque—, le escuché un discurso de lo más aburrido en ese momento, sobre la estadística. Decía algo así: Lo que diferencia a los países desarrollados de los subdesarrollados es que los desarrollados tienen estadística y saben cómo planificar y hacia dónde ir, porque tienen una base de información. Los países subdesarrollados —nota mi tío Roque— ni siquiera el día de hoy tenemos cifras claras de desnutrición, de empleo, hasta de inflación, y entonces a partir de esas cifras no tan claras tenemos que planificar hacia el futuro.

Ese día, en Trujillo —cuenta mi tío Roque—, el público estaba esperando arengas del político, del hombre que daba un discurso el 22 de febrero (el día de su cumpleaños y el Día de la Fraternidad) en Lima y en Trujillo todos los años. Pero Víctor Raúl no estaba en las arengas sino en la educación.

Era un maestro dedicado, me dice Roque. Así como conversaba con los amigos de mi tía Blanca hasta las dos o tres de la mañana, y con los de mi abuelo hasta las cuatro o cinco (hablando él más de lo que hablábamos nosotros, aclara mi tía Blanca), me explica Roque que se pasaba hasta las cuatro o cinco de la mañana en el Partido Aprista todos los días dictando clase y conversando con la gente porque ésa era la hora en la que estaban libres. Y después llegaba a Villa Mercedes y se dedicaba a escribir. ¿Y a quién? —pregunta Roque—: a sus seguidores: de nuevo a enseñar.



El perseguido


Me cuenta mi abuelo que en el año 1938 o 1939, cuando era un alumno de segundo año de Ingeniería, fue a la casa de su tío Augusto Benavides porque le había hecho un plano de un terreno detrás de su casa, en lo que ahora es Los Cóndores. El tío Augusto se lo había pedido, pues quería denunciar el terreno para poder construir otras casas. Cuando llegó, el tío Augusto lo invitó a pasar para que conozca a unos señores. “Te presento al señor Haya de la Torre”, le dijo.

El Mariscal Óscar R. Benavides, cuñado del tío Augusto y entonces presidente del Perú, quería tomar preso a Haya de la Torre. ¿Qué hacía el tío Augusto escondiendo a la directiva del APRA? No dije una palabra —me confiesa mi abuelo—, pero Víctor Raúl empezó a preguntar que cómo iba a quedar el proyecto de las casas, y yo no pude cortar la conversación.

Mi abuelo llegó tarde a comer a su casa, a eso de las nueve de la noche. Cuando su papá le preguntó por qué se había demorado, le explicó que había estado con unos amigos del tío Augusto. No quería decir con quién —me cuenta—; no quería delatar a Víctor Raúl. Ah —le dijo su padre—, seguro que era Víctor Raúl Haya de la Torre. Dice Óscar que ahí está bien, que en la casa de Augusto está bien cuidado y no va a hacer ningún lío.

Quizá el futuro del APRA se decidió en un almuerzo de familia.



Aristóteles tenía razón


La política no es un trabajo de oficina que comienza a las siete de la mañana y termina a las cinco de la tarde. Es una vocación que tiene la mala costumbre de no respetar las puertas cerradas, ni esperar mientras uno almuerza. Parece que Víctor Raúl no cerraba bien la puerta de la casa de mis abuelos, porque la política, aunque no se hablara, terminó colándose en los almuerzos.

La relación con Mercedes funcionaba al margen de la política, pero su esposo Eduardo Ganoza fue segundo vicepresidente durante el mandato de José Bustamante y Rivero (1945-1948). Haya se unió con el Mariscal Benavides para formar el Frente Democrático Nacional pero, por razones políticas, no podía poner a ningún aprista de candidato. Por ello colocó a un miembro de su familia.

Es más: ya que mi abuelo había sido teniente alcalde de Lima en las épocas de Morales Bermúdez, cuando se llamó a elecciones municipales en el Gobierno de Belaunde, Haya le dijo que si se lanzaba de alcalde de Lima el APRA lo apoyaría. Mi abuelo respondió que de ninguna manera, pero que muchas gracias.

Más allá de la política, Haya era un hombre de familia… pero no mantuvo a su familia completamente ajena a la política. Más allá de la política, era un educador… pero educaba dando discursos en plazas, conversando en el Partido Aprista, escribiendo libros políticos. Haya no quiso cerrarle la puerta a la política, pero tampoco pudo. La política lo perseguía, y por ello sus relaciones personales incluyen anécdotas simpáticas como la de mi abuelo en Los Cóndores, pero también el sufrimiento que implica el no poder ver a la gente que quieres por miedo a que te maten o apresen.



El sufrimiento del animal político


El 2 de agosto de este año se cumplieron treinta años de la muerte de Víctor Raúl y coincidió que mi tío Roque estaba en Trujillo, por lo que fue a visitar la tumba de su tío.



Está por supuesto la piedra en el cementerio de Miraflores —describe Roque—, que dice simplemente “Víctor Raúl, 2 de agosto del año 1979”. En el piso hay otra piedra que dice Raúl Haya, nacido en tal año, muerto en 1934, época en la que Haya de la Torre estaba perseguido por el Mariscal Benavides. No pudo ir al entierro de su padre. Más abajo —me cuenta Roque— está Zoila Victoria de la Torre de Haya, fallecida en 1948, cuando Víctor Raúl estaba en la Embajada de Colombia. Tampoco pudo ir al entierro de su madre.

Como dice mi tío Roque, Víctor Raúl fue un hombre que sufrió mucho en su vida política, cosa que impactó al hombre más allá del político: su factor humano, su persona, su relación con su familia. Podemos discutir sus ideas —continúa Roque—, podemos decir que no eran lo más prácticas del mundo, pero nadie puede negar que dedicó su vida a lo que él creía. Ese hombre estaba tan enamorado de la política y era tan apasionado de la política que lo dejó todo por la política.

Buscando a Haya más allá del APRA, conversé con el tío Víctor Raúl, el que había conocido mi familia. Pero los recuerdos de una casa donde no se habla de política me han llevado de nuevo a las plazas de los libros de historia, y a los subtítulos “APRA” y “Política del siglo XX”. No se puede hablar de Víctor Raúl Haya de la Torre sin hablar de política. Haya creía en la política, y por ello era ante todo, y a costa de todo, un animal político.

Sunday, October 18, 2009

La paradoja China - El comunismo y el desarrollo económico de fiesta en Beijing


Revista Ideele



Lucía Benavides

“El desarrollo y el progreso de la Nueva China en los últimos 60 años”, anunció el presidente Hu Jintao parado en el mismo lugar donde su predecesor, Mao Zedong, proclamó el nacimiento de la República Popular China, “han probado completamente que solo el socialismo puede salvar a la China y que solo la reforma y la apertura pueden asegurar el desarrollo de la China, el socialismo y el marxismo.”

Quién hubiese previsto ese 1 de octubre de 1949, cuando Mao Zedong fundó la República Popular en una China destruida por la guerra civil y una humillante invasión japonesa, que un representante del Partido Comunista de la China estaría en la plaza de Tian’anmen 60 años después vestido con un “traje Mao” celebrando con sus compatriotas la consolidación de la China como uno de los grandes poderes del planeta. La paradoja del espectáculo de Guerra Fría y la retórica anacrónica y cliché en un país tan dinámico como la China es casi tan impresionante como los logros del Partido Comunista.

El día nacional en números

* 200.000 militares y civiles participaron en el espectáculo.
* Una banda militar de 1.300 miembros tocó el himno nacional.
* Se exhibieron 52 tipos de sistemas de armas diferentes --todos producidos en la China--, incluyendo tanques de última generación, aviones y hasta misiles nucleares.
* 151 aviones de guerra volaron por encima de la plaza de Tian’anmen.
* 30.000 invitados.
* 80.000 niños usaron cartas y flores para formar lemas socialistas en caracteres chinos.
* 60 carros alegóricos, incluyendo uno de Taiwán y uno de extranjeros.
* 42.000 cartuchos de fuegos artificiales fueron empleados en la ceremonia.

Fuentes: BBCNews y Xinhua (agencia de noticias del Gobierno chino).

Más grandioso que las Olimpiadas

Las festividades comenzaron con un fastuoso desfile militar que contó con equipos de la más avanzada tecnología, que opacaron el presidido por el ex mandatario Jiang Zemin en 1999. El presidente Hu Jintao se paseó en una limusina entre las tropas --todas perfectamente coordinadas en la avenida Chang’an de Beijing-- gritando “Hola camaradas”. Grandes pancartas con las fotos de las cuatro generaciones de líderes del partido --Mao Zedong, Deng Xiaoping, Jiang Zemin y Hu Jintao-- desfilaron por la plaza con sus respectivos eslóganes en elegantes caracteres chinos.

El desfile civil enfatizó la diversidad y los logros del país. Carros alegóricos representaron las regiones, las 55 minorías étnicas (8,5% de la población), y los logros del Partido, como por ejemplo su capacidad de alimentar al país. Bailarines de todas las etnias chinas bailaron juntos --luciendo sus respectivos trajes tradicionales-- una canción que simboliza la unidad.

La noche se prendió con 60 fuegos artificiales en formas de velas de cumpleaños. Por 33 minutos las 56 columnas decorativas de los grupos étnicos se tiñeron de rojo, rosado, blanco y naranja. Según los medios chinos, esta gala dobló la cantidad de fuegos artificiales de la ceremonia de apertura de las Olimpiadas de Beijing en agosto del año 2008. Siguió un espectáculo de más de 4.000 luces que el vicedirector de la gala, Zhao Dongming, llamó un “cubo de luz” en clara referencia al “cubo de agua” donde se llevaron a cabo las competencias de nado de las Olimpiadas del 2008.

País moderno, retórica anacrónica

Pero aunque el 60.º aniversario de la República Popular ha sido discutiblemente más grandioso que la ceremonia de apertura de las Olimpiadas, muchos extranjeros se encuentran nostálgicos por la imagen moderna, tan lejana de los clichés comunistas que representaron las Olimpiadas. Y es que el espectáculo del 1 de octubre no está dirigido al mundo sino a los propios chinos, que participan de las celebraciones viendo el desfile por televisión.

Como explicó a ideele el doctor Russell Leigh Moses, afamado sinólogo que reside en Beijing, el desfile del día nacional “es el ejercicio más elevado del poder simbólico del Estado”, y la fecha en sí “es un ejercicio de auto-celebración y auto-felicitaciones, que presta poca atención a los episodios más controversiales del desarrollo de la China”. Según Xinhua, la cadena de noticias del Estado, el desfile “reluce la fuerza y vitalidad del estilo chino de socialismo”. Pero ¿por qué es esto necesario?

Igual que se dudó de la habilidad de gobernar de Mao Zedong en 1949, cuando cayó la Unión Soviética en 1991 se dudó del “socialismo con características chinas”, y se cuestionó la sostenibilidad del crecimiento económico del país cuando éste se unió a la Organización Mundial de Comercio en el 2001. En mitad de una crisis económica y de recientes disturbios étnicos en las provincias de Tibet y Xinjiang, el mensaje que quiere comunicar el Gobierno chino a su pueblo es de fuerza, como lo vienen haciendo en un desfile cada cinco años desde 1949.

La “reforma” y la “apertura” que referencia Hu Jintao en su discurso no son políticas de Mao, sino de Deng. Sin embargo, la imagen y las palabras de Mao --que al resto del planeta nos parecen anacrónicas-- siguen siendo veneradas por el Gobierno chino, ya que comprenden la pérdida de legitimidad que sufrió la clase política rusa cuando Krushchev criticó a Stalin en 1956. Por ello, el Gran Salto Adelante, las persecuciones políticas, las ejecuciones y la Revolución Cultural son obviadas aunque dejaron decenas de millones de muertos, y en cambio se enfatiza el rol de Mao en unificar al país y crear instituciones locales.

De 1949 al 2009

* Expectativa de vida

1950-1955: 39,3 años para hombres, 42,3 para mujeres.

2005-2010: 71,3 años para hombres, 74,8 para mujeres.

* Índice de alfabetismo:

1949: 20%

2005: > 96%

* PBI per cápita:

1952: US$ 17

2008: US$ 3.380

* Reservas en divisas extranjeras:

1949: Insignificantes

2008: US$ 2,2 billones (trillones de EE.UU.)

Fuente: BBCNews.

República Popular, eventos privados

Como se puede observar claramente en el recuadro, la China de hoy es un mejor país del que experimentaron los padres de mis contemporáneos, y los padres de éstos. Cada vez más, el mundo mira hacia el oriente impresionado con el milagro económico chino. Los ciudadanos de este país están orgullosos de que su nación sea un referente de desarrollo en lugar de un Estado débil invadido por poderes extranjeros como lo fue antes de 1949.

Pero como dice el doctor Moses, la versión oficial calla los aspectos más controversiales del desarrollo chino, tanto del pasado como del presente. La oposición al partido existe, alimentada por la creciente desigualdad económica, la corrupción, la degradación ambiental y las tensiones étnicas en el Tibet y la provincia primordialmente musulmana de Xinjiang. Las exageradas medidas de seguridad presentes en los eventos del 1 de octubre lo comprueban.

El desfile del día nacional fue puesto en escena para todos los chinos, pero presenciado solo directamente por unos cuantos invitados. El Gobierno ordenó a los residentes de los departamentos cercanos al camino del desfile que cerraran sus ventanas y las puertas de sus balcones. El aeropuerto internacional de Beijing interrumpió sus servicios, policías armados vigilaban las calles del centro de la ciudad, y las líneas del metro limitaron sus rutas. Ese día, los residentes de Beijing estaban prohibidos hasta de volar cometas y globos, y de soltar a sus palomas. Algunos testigos incluso afirman haber visto francotiradores en los edificios cercanos a la ceremonia. Otra paradoja de la China moderna: a los eventos de la República Popular solo se puede asistir con invitación.

La fiesta de la casa de al lado

Quizá la respuesta a estas aparentes paradojas no se encuentre en Beijing. El 1 de octubre, la Policía nepalesa detuvo a más de 70 inmigrantes tibetanos que protestaban a favor de la independencia del Tibet. Mientras Hu Jintao inspeccionaba a las tropas en avenida Chang’an, 200 manifestantes marchaban en Hong Kong --que goza de libertades civiles occidentales por su estatus semiautónomo-- gritando “queremos derechos humanos, no queremos un día nacional esterilizado”. Quinientos miembros del grupo religioso Falun Gong --declarado un culto por el Gobierno chino y víctima de persecuciones en la República Popular-- caminaron en silencio por la ciudad de Hong Kong cargando carteles que decían “Disuelvan el Partido Comunista Chino”.

Para entender un país tan dinámico gobernado por un partido único que se aferra a una retórica anacrónica para asegurar su legitimidad, la mejor ventana que tenemos son los inmigrantes y los residentes de Hong Kong. Lamentablemente, estas poblaciones nos dan una visión sesgada del estado del país, y puede que los ciudadanos de la China honestamente expresarían su apoyo al partido si se les permitiese expresarse libremente. El gran problema es que los chinos no se pueden expresar libremente, y por ello la cobertura de la política china siempre se columpia entre la glorificación del milagro económico y las ácidas críticas de los grupos marginados.

En 1949, nadie hubiese podido predecir los siguientes 60 años del Partido Comunista Chino y del país que gobierna. En el 2009, el doctor Moses tampoco puede decirnos cuál es el futuro de la China. “No queda claro si es el comienzo de un periodo de real reflexión y reforma, especialmente en el campo político”, declaró a ideele.

El futuro de la China se decide en eventos organizados por el Partido Comunista, y nosotros no estamos invitados.

Sunday, August 2, 2009

Revista Ideele- Honduras en honduras

Recién graduada de Estudios Internacionales por el Boston College, Lucía Benavides ha preparado un reportaje para ideele sobre lo que significa y ha desencadenado el condenable golpe de Honduras. En él presenta las opiniones de destacados analistas y las suyas, a pesar de lo incierto que resulta aún el desenlace. De lo que sí estamos seguros es de que la buena o mala suerte de este golpe no solo repercutirá en el país en cuestión sino también en la definición de la democracia latinoamericana del siglo XXI.

Recordemos una vez más una escena antes tan frecuente en nuestros países pero que desde hace un buen tiempo parecía ya imposible: La madrugada del pasado 28 de junio, más de doscientos miembros de las Fuerzas Armadas hondureñas rodearon la residencia del presidente Manuel Zelaya en Tegucigalpa y lo obligaron a abordar un avión rumbo a Costa Rica. Las imágenes que circularon por los medios de comunicación internacionales hacían eco de las peores épocas de las dictaduras latinoamericanas, subrayando la ilegitimidad de Roberto Micheletti, el presidente interino nombrado por el Congreso. Mientras se escriben estas líneas, Zelaya y Micheletti negocian el futuro de su país bajo la mediación de Óscar Arias —presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz—. Ambos argumentan que actúan en defensa de la democracia.

La Organización de Estados Americanos (OEA) y las Naciones Unidas (ONU) rompieron esquemas al, enfática y casi unánimemente, condenar el golpe. Paradójicamente, Barack Obama y Hugo Chávez se encontraron defendiendo la misma posición mientras los hondureños permanecían divididos en sus opiniones, marchando en favor y en contra del destituido presidente Zelaya.

Hay golpes y golpes

Es evidente que lo que ocurrió el 28 de junio no es una “sustitución constitucional”, ya que en ninguna parte de la Constitución hondureña se otorga a las Fuerzas Armadas el poder de destituir a un Presidente. Las alegaciones en contra de Zelaya serían más fuertes si éste las hubiera enfrentado en una Corte hondureña y no en el aeropuerto de San José.
Los sucesos del 28 de junio tampoco se asemejan a un golpe clásico, ya que fue una decisión de los poderes democráticos: el Presidente había violado la Constitución y, aunque fue llevada a cabo por las Fuerzas Armadas, no culminó en un gobierno militar. Shifter lo caracteriza como un “golpe con características particulares”.

Adrianzén lo describe como el primer golpe preventivo contra un Gobierno supuestamente “chavista” o “populista”, el primer golpe de la nueva Guerra Fría en Latinoamérica. “Honduras”, dice Adrianzén, “es una hacienda […] un régimen cerrado oligárquico, y alguien que lo quiera cambiar es rápidamente golpeado.” La crisis es “un debate entre las reglas y la voluntad de la mayoría”.

Un golpe militar no puede ser justificado, menos en un país que estuvo bajo un gobierno militar hasta 1982. Según Shif-ter, la comunidad internacional actuó bien moral y jurídicamente al adoptar una posición tan severa contra del golpe del 28 de junio. Es políticamente alentador que tantos países hayan defendido la democracia y la institucionalidad a pesar de diferencias y rivalidades geopolíticas.

Sin embargo, la comunidad internacional subestimó el efecto polarizante de sus declaraciones iniciales. El 30 de junio, miles de personas se reunieron en la Plaza de Tegucigalpa para demostrar su apoyo al golpe. El 5 de julio, más de 10.000 personas esperaron el regreso de Zelaya en el aeropuerto internacional Toncotín y se enfrentaron a las Fuerzas Armadas, dejando docenas de heridos y causando por lo menos una muerte.
El Gobierno de Micheletti respondió a esta escalada de violencia declarando un toque de queda, limitando la libertad de prensa y suspendiendo temporalmente derechos básicos como la libertad de asociación y de movimiento, y la protección contra las detenciones arbitrarias. Estas medidas ya han sido derogadas.

Zelaya carece de apoyo entre la clase política y hasta dentro de su propio partido. Los partidos Liberal y Nacional —que tienen el apoyo del 90% del electorado hondureño—, la Iglesia Católica y los empresarios no se han sumado a la condena internacional del golpe. Según un sondeo de Cid Gallup difundido el 9 de julio, 41% de la población justifica el golpe, 28% se opone a él y 31% no opina.

Pero ¿qué diferencia a este golpe de los ocurridos en Ecuador, Venezuela o hasta en nuestro propio país? ¿Por qué la OEA expulsó a Honduras por violar la Carta Inter-americana pero no tomó medidas similares después del autogolpe de Fujimori?

Según Michael Shifter, de Diálogo Interamericano, esto se debe al protagonismo de las Fuerzas Armadas y al contexto de creciente preocupación sobre la inestabilidad de Centroamérica después de los sucesos ocurridos en países como México, Nicaragua y Guatemala.

Chávez y sus aliados apoyaron a Zelaya con tanto fervor —declarando que lo acompañarían en su regreso a Honduras, esperando en El Salvador mientras el avión venezolano en el que viajaba trataba de aterrizar sobre una pista hondureña cubierta de tanques— porque éste había dirigido a su país hacia la órbita del ALBA.
Por su parte, el mandatario estadounidense Barack Obama condenó el golpe tratando de distanciarse de la política latinoamericana de George W. Bush, quien apoyó una medida igual en Venezuela en el 2002 porque el derrocado era Hugo Chávez.

Gino Costa —quien residió en Honduras en los años de las guerras civiles centroamericanas— añade que esta reacción internacional ha sido posible porque Honduras es un país chico con poco peso político, a diferencia de Venezuela, Ecuador, o incluso del Perú. Frente a estas críticas, Roberto Micheletti responde que en su país no ha ocurrido un golpe sino una “sustitución constitucional”.

Los odios y amores de Zelaya con la democracia

Zelaya, quien fue elegido en el 2005 como parte del Partido Liberal, se distanció de la centroizquierda y de los Estados Unidos, el tradicional aliado de Honduras, para desarrollar una relación más cercana con Hugo Chávez. En un país políticamente conservador, la alineación de los empresarios y la clase política llevó a una situación de creciente tensión y redujo la popularidad del mandatario hasta un 30%.
Esta crisis culminó cuando Zelaya propuso llevar a cabo una consulta pública para incluir un referéndum sobre reforma constitucional en las elecciones presidenciales del próximo noviembre. La oposición argumenta que esta consulta seguiría el modelo de Hugo Chávez y sería empleada por Zelaya para posibilitar su reelección cuando termine su mandato de cuatro años no renovables. Alberto Adrianzén descarta estas afirmaciones y señala que un referéndum que se realizaría el día de las elecciones no podría llevar a la reelección del Presidente ese mismo día.

La Corte Suprema y el Congreso declararon la consulta ilegal. Desafiando a los poderes democráticos, Zelaya siguió insistiendo y despidió al Jefe de las Fuerzas Armadas cuando éste se negó a prestar apoyo logístico para la consulta. Horas antes de que ésta se llevara a cabo, el 28 de junio, los militares arrestaron a Zelaya y lo expulsaron del país.

¿Y ahora qué?

Costa afirma que el pronunciamiento de la comunidad internacional no puede quedar en eso: ella tiene que hacerse respetar. Pero, se pregunta Costa, “¿cómo te haces respetar por un Gobierno integrado por fuerzas políticas amigas que han actuado mal al recurrir al golpe de Estado?”.

El gran problema de las negociaciones que está moderando Arias es que éste es un golpe con características particulares, en el que el Ejército, apoyado por los poderes democráticos, derrocó inconstitucionalmente a un Presidente que estaba socavando las bases de la democracia por dentro del sistema. Las acciones de Zelaya y de Micheletti constituyen amenazas para la democracia a largo o corto plazo.

Las negociaciones mediadas por Arias son un esfuerzo para hacer precisamente eso. La secretaria de Estado estadounidense, Hillary Clinton, logró hábilmente restarle protagonismo a Chávez y así tranquilizar a las élites hondureñas al apoyar un diálogo entre centroamericanos. Adrianzén se opone a estas negociaciones argumentando que le dan a Micheletti un estatus que no tiene.

Zelaya y Micheletti comienzan este diálogo con posiciones incompatibles. El último ha declarado que el retorno del primero no es negociable; Zelaya ha afirmado que no está yendo a negociar sino a escuchar propuestas de retiro del Gobierno de facto.

Las soluciones propuestas incluyen el regreso de Zelaya a la Presidencia, el mantenimiento del statu quo, el adelantamiento de las elecciones, o una especie de Gobierno compartido entre Zelaya y el Congreso.

El regreso de Zelaya enfrentaría grandes retos de gobernabilidad, pues éste carece de apoyo entre las élites políticas, no tiene partido político y está enfrentado con las otras ramas del Gobierno. Dejar todo como está o el adelanto de las elecciones conllevan problemas de legitimidad del proceso electoral. El establecimiento de un Gobierno compartido entre Zelaya y la Administración actual podría ser demasiado complicado para poder gobernar efectivamente.

Paìs combustible

Honduras es el tercer país más pobre del hemisferio. Sufre de un serio problema de violencia juvenil y tiene una de las más marcadas diferencias socioeconómicas de la región, pero nunca ha sido un país tan dividido.

En esta etapa posgolpe Shifter recomienda tomar en cuenta cuestiones de gobernabilidad y violencia, además las relativas a la legitimidad. Quizá una posición más dura resultó necesaria al principio, pero el aislamiento político y el congelamiento de la ayuda internacional no fueron muy mesurados ni llevaron a la formación de acuerdos.

Las sanciones económicas y diplomáticas castigan a los más pobres: 59% de los 7,2 millones de habitantes de Honduras viven en la pobreza, y 36,2%, en la extrema pobreza. Honduras depende mucho de los programas de créditos internacionales, y solo con el congelamiento de los créditos del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha perdido 200 millones de dólares al año.
Por otro lado, Adrianzén apoya el aislamiento político de Honduras, el uso de sanciones y el regreso de Zelaya sin condiciones. Sin este tipo de presión, añade, no se hubiera podido frenar, por ejemplo, el apartheid en Sudáfrica. “Todo cambio implica cierto grado de enfrentamiento”, opina, especialmente en un “país muy conservador con una oligarquía reaccionaria y unas Fuerzas Armadas que son un poder muy fuerte y que controlan el sistema en alianza con los partidos tradicionales”.

Es todavía muy temprano para decir qué precedente deja esta crisis sobre la democracia en la región. Por un lado, es positivo que la comunidad internacional haya condenado el golpe. Sin embargo, no debemos caer en dobles estándares que permitan a gobiernos golpistas declararse defensores de la democracia porque luchan contra los golpes que derrocan a sus aliados.

Al mismo tiempo, enfatiza que “no tiene sentido contar con democracias en países empobrecidos, atrasados. La democracia requiere condiciones materiales: progreso, igualdad, y que se ponga fin a la oligarquía”. Él ve la crisis en Honduras como una oportunidad para cambiar una democracia electoral por una democracia ciudadana.

El golpe en Honduras es la crisis política más importante en Centroamérica desde el final de la Guerra Fría. Ojalá esta crisis no se convierta en una competencia de aprovechamientos políticos, ni en una proyección de rivalidades geopolíticas: que sea, más bien, una real y pragmática defensa de la democracia que tome en cuenta la situación particular y los intereses de los hondureños. Lo que está en debate es qué tipo de democracia queremos para América Latina.


http://www.revistaideele.com/node/512

Monday, February 16, 2009

Revista ideele- Mi voto por Obama


Escuché a Barack Obama dar un discurso por primera vez en septiembre del 2005. Era la ceremonia de bienvenida para mi promoción de universidad, y yo no sabía quién era el hombre que hablaba sobre su padre en medio del estadio de basketball de Boston College.

Escuché a Obama dar un discurso por segunda vez en Washington, D. C. Era la ceremonia de inauguración del primer Presidente negro de Estados Unidos, y todo el mundo sabía quién era. Mis compañeros de clase —que viajaron conmigo para ver la inauguración— se olvidaban del frío y de la crisis pensando en el cambio, abrigados por la esperanza que había caracterizado la primera elección presidencial en la que habían podido participar.

Pero ahora que el yes we can de la campaña del candidato Obama se ha convertido en el yes we did del presidente Obama, todavía no queda muy claro en los Estados Unidos en qué consistirá esa afirmación.

Matt Wilstein, un joven publicista de Broadway que participó activamente en la campaña, me dice que cuando piensa en los cambios progresistas que ya ha implementado Obama —su oposición a la tortura y los representantes que escogió para su equipo de energía, por ejemplo— recuerda por qué este ha sido el primer candidato en el que realmente ha creído. Bobak Fatemizadeh, el presidente del Club del Partido Demócrata de Boston College, reitera el optimismo de Wilstein, agregando que con un Congreso y un Presidente demócratas se podrán llevar a cabo los cambios que prometió Obama.

Recuerdo el 4 de noviembre del año pasado, cuando acompañé a mi amiga Jessica Mullins a votar. Mientras observaba cómo marcaba la papeleta electoral, no podía dejar de pensar en la primera vez que yo voté. Era la segunda vuelta del 2006, y yo dudaba entre el mal menor y el voto en blanco. Jessica, al igual que Matt y Bobak, marcó el cuadrado al costado del nombre de Obama con una ilusión que yo no podía dejar de envidiar.

El presidente Barack Obama tiene muchos retos por delante, y quizá algunos de los cambios que prometió tendrán que esperar. Pero el cambio de actitud entre la gente joven —que participó activamente en la campaña, apoyando a su candidato a través del facebook, en los campus universitarios y tocando las puertas de sus vecinos— es ya una realidad.

El día antes de la inauguración de Obama, mis amigos y yo les tiramos zapatos a un muñeco inflable de George W. Bush en el Dupont Circle de Washington, D. C. Al día siguiente, unas periodistas brasileñas les preguntaron a mis amigos qué habían pensado de la inauguración. “Por fin”, dijo uno de ellos, “puedo decirle al mundo con orgullo que soy americano.”

http://www.revistaideele.com/node/359

Sunday, October 28, 2007

Miguel Littin


Yo no sabía quién era Miguel Littín. Lo más interesante de conocerlo fue que él sí lo sabía, a la perfección. En un tiempo de identidades subjetivas, él está seguro de ser Miguel Littín, director de cine, chileno, hijo de Cristina y Hernán. Se autodenomina naif, pero no le importa; él cree en la función humanizadora del arte, y no encuentra mejor motor que la creencia en la paz y la amistad entre los hombres. Es por eso que sus relatos son tan auténticos, tan humanos, tan comprometidos, y que es muy fácil ver el mundo a través de su cámara o sus palabras. El cine, me dijo, no es más que un sentimiento. Miguel Littín siente, y hace películas que son ante todo, sentimientos compartidos.

Esperándolo en el lobby del Marriot de Newton, Massachussets con la Sra. Berger, mi profesora de historia del arte, y Lyndsey, otra de sus alumnas, no sabía bien qué esperar. Me había pasado la tarde leyendo artículos sobre el exilio y el cine latinoamericano, y buscando a Littín en Wikipedia, así que tenía una vaga idea de quién era ese director tan famoso que venía a presentar su trabajo en mi universidad. Sabía que había nacido en Palmilla, Chile, y que sus padres eran de ascendencia griega y palestina. Sabía que su primera película, “El Chacal de Nahueltoro” había sido muy bien recibida por la crítica, que había sido exiliado por Pinochet, y que Gabriel García Márquez había escrito un libro sobre él. Mientras miraba los ascensores de vidrio subir y bajar, bajar y subir, y mi profesora preguntaba ansiosa--is that him?--yo me hacía la entendida y decía--I don’t think so--aunque dudaba poder reconocer al director joven y sonriente que me había presentado el Internet tras la neblina de los años.

Vestido con una simple camisa negra y cargando todavía en los ojos las interminables horas de vuelo que lo separaban de Santiago, Miguel Littín--chileno, director de cine--nos saludó excusándose por su tardanza. Yo no sabía bien cómo saludarlo. Después de tanto leer, ya le había otorgado un estatus de gigante, y no podía creer que tenía frente a mí a ese aventurero que describía García Marquez, ese artista comprometido que burló la dictadura de Pinochet filmando una película en el Chile de los ochentas, metiéndose hasta en la Moneda cuando su nombre figuraba entre los cinco mil exiliados no bienvenidos. Pero Miguel Littín me saludó de beso, y cuando le conté que era peruana me habló de Barranco y el centro de Lima, y me preguntó qué estudiaba y por qué, y de pronto me sentí muy cómoda con ese hombre que había sido un extraño hace tan sólo unos minutos. Y es que eso específicamente es lo que hace tan grande a Littín--lo genuino que es, el calor humano que caracteriza todo lo que hace.

Muy a la americana, nos reunimos con dos profesores para cenar al Marriot de Newton a las cinco y media de la tarde con planes de volver a la universidad a más tardar a las seis y media. Sentados entre mil banderas universitarias de la zona y frente a una vista panorámica del Charles River, Littín quedó perplejo frente a la langosta entera, muy New England, que le sirvió la mesera tailandesa. Y allí, en uno de los momentos más americanos de mi vida universitaria, Littín habló de latinoamerica, del cine de nuestra región, de las clases que dicta en Chile. Los latinoamericanos, nos dijo, somos más cinéfilos que cineastas. Yo respondí que sí porque los fondos y el apoyo del arte y no sé qué más argumentos pragmáticos. No, dijo Littín, es que es complicado hacer cine sobre una región que nos presenta una identidad tan difícil. ¿Cómo hacer un cine que sea auténticamente latinoamericano sin caer en el folklore? ¿Cómo presentar una región que no se decide entre ser Europa, y ser indígena, y ser inmigrante porque es todas y ninguna a la vez?

A las sies y quince, la Sra Berger ya andaba un poco nerviosa. Nos despedimos del Charles y las banderas universitarias con un brevísimo té, y nos lanzamos a la hora pico del tráfico de nuestro suburbio americano. La Sra. Berger, cuyo castellano no pudo correr al paso acelerado del acento chileno de Littín, me preguntaba--what did he say? Yo ya me empezaba a marear entre las curvas del carro y las que tenía que dar yo para volver al Marriot, recordar y traducir, cuando Lyndsey me rescató sacando de su mochila una copia de "Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile", de Gabriel García Márquez. Te lo presto--me dijo.

Tan sólo unos minutos después, estaba en la universidad sentada junto a Lyndsey viendo una película de Littín: "La Última Luna". El cineasta la presentó como una historia de la Palestina de su abuelita, de cuando en ese lugar los palestinos y los judíos usaban las piedras para construir casas y no para pelear. En lugar de filmar la destrucción y la guerra actual, Littín reconstruyo los cuentos que había escuchado en su infancia a base de rincones que todavía quedaban intactos en medio de tanto caos. Denunció el crimen de la guerra describiendo una amistad, llena de desacuerdos pero muy fuerte, entre un palestino y un judío argentino que había inmigrado recientemente. Y esta denuncia es especialmente fuerte porque se basa en su historia, nace de un compromiso con su identidad, con su infancia, y es por eso que es tan genuina, tan humana. Salí del auditorio como salgo siempre del cine tras una buena película, un poco cansada. No sentía que había estado sentada por ciento cinco minutos, sino haciendo algo muy importante. Quizás no construyendo casas en la Palestina de comienzos de siglo, pero viviendo algo.

Me despedí de Littín fuera del edificio, pero su libro me acompañó hasta mi departamento en Undine Road, y la semana siguiente lo llevé casi de pura optimista en mi viaje a Nueva Orleáns. Llevaba también un libro de macroeconomía que tenía que estudiar para mis parciales de la semana siguiente, y me había prometido que no tocaría "La aventura" hasta terminar de estudiar. Pero en el avión entre “tan sólo unas cuántas páginas” y “está bien termino un capítulo y ya” y “bueno qué importa un poquitito más,” me crucé con Littín en su avión hacia Montevideo tras haber terminado de filmar un documental clandestino en el Chile de Pinochet. Es muy raro, pero lo que más me conmovió de su historia no fue los peligros que enfrentó, ni el sufrimiento que presenció, y menos la nostalgia de Allende que le causó, sino cuánto le dolió tener que estar disfrazado de ejecutivo uruguayo en su propio país.

Cuando pasó la aeromoza por el pasillo, yo ya me empezaba a poner ansiosa porque Littín se moría de nervios a mi costado mientras las autoridades chilenas registraban su avión. Yo, por mi parte,--me decía entre dientes--no podía soportar ni un minuto más la ignominia de vivir escondido dentro del otro. Sentí el impulso de levantarme, y recibir a gritos a los revisores: “Váyanse todos al carajo, yo soy Miguel Littín, director de cine, hijo de Cristina y Hernán, y ni ustedes ni nadie tienen derecho a impedirme que viva en mi país con mi propio nombre y mi propia cara.”--. Me entraron unas ganas espantosas de gritarle a alguien, de hacer eco de las palabras de Littín y añadir mi nombre y mi nacionalidad y que me da rabia en este país nadie entienda lo que significa ser peruana. Pero cuando la rubia aeromoza me preguntó si podía recoger mi vaso me comí mis palabras y le dije que sí, thank you very much. Littín hizo lo mismo, y entregó solemnemente su boleto de avión al controlador chileno.

Cerré el libro y me di cuenta que no es lo mismo, que esa aeromoza no tiene la culpa que yo ande extrañando la comida de mi casa, ni la música del carro de mi papá, ni las conversaciones en el patio del colegio. Puede que no le interese mucho mi nombre, mi identidad, mi nacionalidad; pero no me niega el derecho de expresarla. Qué se le va a hacer. A mí lo que me gustó de Miguel Littín fue que era genuino, que estaba seguro de quién era, que su identidad--aunque complicada--lo comprometía, y que de ahí nacía la fuerza de su expresión artística. Quizás por eso se me hace tan fácil compartir sentimientos con él, relacionarlos con mis propias experiencias, vivirlos a mi manera. Quizás por eso también, cuando regresé del viaje me encontré en la biblioteca de mi universidad preguntando: excuse me, do you have any movies about Chile?

Sotheby's




Las oficinas de Sotheby’s Nueva York son casi tan majestuosas como los objetos que subastan en sus interiores. En medio del exclusivo barrio upper east side, un imponente edificio de diez pisos ocupa toda una manzana y hecha su sombra sobre el East River. El lobby de mármol tiene por música de fondo el clin clan de Jimmy Choos y Manolo Blahniks y quién sabe qué otros tacos híper sofisticados. El décimo piso alberga un centro de exposiciones--un espacio amplio de paredes blancas e iluminación perfecta digno de los mejores museos del mundo--por donde pasan desde pinturas renacentistas hasta sillas de diseño. Pero es en el sétimo piso donde reina la tiranía del martillo, donde los coleccionistas más apasionados se muerden las uñas esperando esa pieza única que los tiene locos, listos para levantar su paleta una y otra vez, subiendo su oferta más y más, invirtiendo miles o hasta millones de dólares con sólo un movimiento del brazo.

No es para menos. Desde que el británico Samuel Baker fundó Sotheby’s en 1744, han pasado por sus salas de subasta los objetos más increíbles¬--las joyas de la Duquesa de Windsor, los cubiertos que usaron los rusos en el espacio, innumerables obras de arte importantísimas, y hasta el tiranosaurio rex más grande del planeta. Lo que comenzó como una pequeña subasta de libros valiosos se ha convertido en un imperio con sedes en Londres, Singapur, Paris, Buenos Aires, Melbourne, Tel Aviv, Hong Kong, Moscú....

Comparable a Sotheby’s, sólo Christie’s, su eterno rival con oficinas en Rockefeller Center. Aunque existen muchas otras casas como Phillips de Pury o la mexicana Louis C Morton, los dos gigantes ingleses dominan el mercado internacional y andan perpetuamente involucrados en una intensa competencia sobre quién vende el cuadro, o la estatua, o la antigüedad más cara. Y es que no es cosa fácil persuadir a alguien para que pague más dinero del que jamás se ha pagado por un objeto similar en la historia. Pero la gente lo hace; Sotheby’s y Christie’s los convencen. En mayo del 2005 por ejemplo, Sotheby’s vendió “Garçon à la pipe” de Pablo Picasso por $104.1 millones de dólares, haciendo de éste cuadro el más caro que jamás se ha vendido en subasta. Es con la esperanza de resultados similares que los consignadores de estas casas les confían sus más valiosas pertenencias.

Últimamente, los departamentos de arte latinoamericano de ambas casas han sido bastante exitosos. Las ventas de la subasta de mayo en Christie’s llegaron hasta los 23 millones de dólares--el monto más alto que se ha registrado en una subasta de arte latinoamericano. Sus colegas en Sotheby’s no se quedaron atrás con ventas de 21.3 millones. Ambas compañías reportaron precios record para varios artistas: el cubano Mario Carreño, el mexicano Alfredo Ramos Martínez, el uruguayo Joaquín Torres-García, entre otros.

Esto representa una verdadera revalorización del arte de nuestra región. La primera subasta internacional de arte latinoamericano se realizó en Sotheby’s en 1979, y la casa estuvo orgullosa de reportar ventas que excedían el millón de dólares. En esas épocas, los clientes eran casi todos latinoamericanos. Hoy, el record para pintura latinoamericana es de 5.6 millones y le pertenece a Sotheby’s por la venta del óleo “Raíces” de Frida Kahlo. Carmen Melián, directora de dicho departamento, nos cuenta que 50% de sus clientes ahora son estadounidenses, europeos y del sudeste asiático. Grandes museos como el Tate Modern, el Museo de Bellas Artes de Houston, y la Colección Daros en Zurich han empezado a adquirir piezas de arte latinoamericano y han contratado curadores específicamente para que se ocupen de éstas. El Museo del Barrio de Nueva York nunca ha tenido tantas visitas. Y además de todo esto, los clientes de hoy no sólo demandan arte colonial y Riveras y Tamayos; también quieren arte de los sesentas y setentas, y propuestas contemporáneas, y las bellísimas pinturas de nuestro compatriota Fernando de Szyszlo.

Parada frente al edificio de Sotheby’s, se me hace difícil pensar en cuadros de millones de dólares mientras cuento los céntimos para comprar un café de kiosco callejero; pero el mundo del arte es así. Las pinturas de los grandes impresionistas y los maestros del arte moderno llevan décadas vendiéndose por estas sumas. Es un verdadero orgullo hoy ver a los más sofisticados coleccionistas del mundo salivando frente a un Wilfredo Lam o un Botero o un Matta. El arte es cultura, es parte de nuestra identidad, es reflejo de nuestra experiencia humana. Por eso, cuando en el piso siete de Sotheby’s enseñan un cuadro de Szyszlo y los clientes empiezan a levantar sus paletas, y suenan los teléfonos con ofertas de los que no pudieron asistir, y en la pantalla se ve como sube el precio en dólares y euros y libras y yenes… estamos todos un poco presentes en ese mundo tan glamoroso y tan ajeno a nuestra realidad, pero que sin embargo reconoce que nosotros--nuestra cultura, nuestro arte--valemos millones.