No sé si pueda seguir evadiendo a los perros sarnosos del paraíso. Se cruzan en mi camino cuando regreso a casa por la arena, bailando conmigo un zigzag peligroso de sí y no, ahora no pero quizás mañana. Y es que, ¿cómo decir que no a un horizonte de lucecitas navideñas trepando montañas tropicales, a un mar de noches asfixiantes en vestiditos de verano, a conversaciones que no van a nada con gente que va a todos sitios?
Las demás ya deben estar en casa, sólo quedamos nosotros dos y a él ya lo siento adelantarse. Debe estar ahora en una intersección entre el próximo semestre y las vacaciones de invierno, o aún peor, sentado en su ceremonia de graduación.
Sería mejor desorientarme un poco con la música de los bares y terminar ya de bailar con el perro, decirle que sí y zambullirme en uno de esos baldes de alcohol con cañitas de colores, cambiando el pulso monótono de mi corazón por el bunchibunchi de las canciones de moda.
Me acerco al perro cogiendo ya el sí entre los dientes. Acaricio su hocico mugriento de mala noche y me declaro devota de las legañas, de la deriva, del eterno presente.
Pero él voltea.
Con sólo eso le roba el sí al perro, condenándome a una existencia de flechas verticales y paralelas bañadas en un shampoo de marca futuro.
Me resigno y sigo caminando. Trato de ignorar que él no camina a mi lado, sino en frente mío. Corro para alcanzarlo y le tomo la mano. Seguimos tan lejos.
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Wednesday, September 3, 2008
Thursday, November 1, 2007
TOTAL ECLIPSE OF THE HEART
http://www.goear.com/listen.php?v=71afc65
Me niego a lavarme las manos.
Están sucias, lo sé, pero las prefiero así.
Un clásico ochentero propulsaba mi carro por la Javier Prado. El velocímetro marcaba 60, luego 70, 80, 100. La velocidad se infiltró bajo mi piel, y todo lo que nunca he dicho se atoró en mi garganta. Lo único que quería es empotrarme contra el borde de la pista y ver mi foto en el periódico al costado de un carro destrozado y muchos policías con ansias de notoriedad. Quería crear un escándalo, un desastre, un evento... lo que sea. Sólo quería algo gigante. Quería romper por lo menos por un segundo la felicidad conformista de la ciudad, la monotonía apurada y conversación forzada, para pintar el cielo gris con todos los rojos que tengo dentro.
Tú cantabas con los ojos cerrados y pensabas en algún sitio que no es Lima y algún momento que no es ahora acompañado por una chica que no soy yo. La manecilla trepaba cada vez más alto—110, 120—y mi cabeza daba vueltas de campana. Mis lunas estaban empañadas, y el espejo retrovisor sólo reflejaba el negro infinito de la pista. Cada “turn around” me pinchaba las yemas de los dedos y lanzaba una ola de frío que corría por mis brazos. Cada puente que pasábamos era como un puñetazo en mi mentón, una arcada del corazón que me obligaba a ir más rápido, cada vez más rápido, para poder llegar a un water y vomitar la bilis de palabras que ya casi podía saborear. 130, 140.
PARE
Un agudo “Forever’s gonna start tonight” pulsó el freno de pronto y la manecilla del velocímetro corrió desesperada hacia la seguridad del 0. “Bien” me dijiste, “nada de sobreparar, en los pares hay que frenar en serio”. Forcé una sonrisa y miré hacia delante mientras me tragaba con asco las palabras que nunca te dije. Los signos de exclamación chocaban contra las paredes de mi garganta, abriendo viejas yagas y soltando un ácido punzante que llegaba desde el hueco vacío de mi estómago hasta la punta de mi lengua.
Por eso ahora no tienes derecho a pedirme que me lave las manos. El peso de ese “forever” me fuerza a caminar mirando hacia abajo, aceptando ese “nothing is better” con resignación. Lo único que me queda de los viejos lugares y los momentos compartidos son las manchas de tinta que supieron escuchar lo que tú no te dignaste a preguntar.
Me lavaré las manos algún día. Pero por el momento me contento con desobedecerte y sólo bajar la velocidad, aunque cada calle que cruce me desafíe con un nuevo PARE.
Me niego a lavarme las manos.
Están sucias, lo sé, pero las prefiero así.
Un clásico ochentero propulsaba mi carro por la Javier Prado. El velocímetro marcaba 60, luego 70, 80, 100. La velocidad se infiltró bajo mi piel, y todo lo que nunca he dicho se atoró en mi garganta. Lo único que quería es empotrarme contra el borde de la pista y ver mi foto en el periódico al costado de un carro destrozado y muchos policías con ansias de notoriedad. Quería crear un escándalo, un desastre, un evento... lo que sea. Sólo quería algo gigante. Quería romper por lo menos por un segundo la felicidad conformista de la ciudad, la monotonía apurada y conversación forzada, para pintar el cielo gris con todos los rojos que tengo dentro.
Tú cantabas con los ojos cerrados y pensabas en algún sitio que no es Lima y algún momento que no es ahora acompañado por una chica que no soy yo. La manecilla trepaba cada vez más alto—110, 120—y mi cabeza daba vueltas de campana. Mis lunas estaban empañadas, y el espejo retrovisor sólo reflejaba el negro infinito de la pista. Cada “turn around” me pinchaba las yemas de los dedos y lanzaba una ola de frío que corría por mis brazos. Cada puente que pasábamos era como un puñetazo en mi mentón, una arcada del corazón que me obligaba a ir más rápido, cada vez más rápido, para poder llegar a un water y vomitar la bilis de palabras que ya casi podía saborear. 130, 140.
PARE
Un agudo “Forever’s gonna start tonight” pulsó el freno de pronto y la manecilla del velocímetro corrió desesperada hacia la seguridad del 0. “Bien” me dijiste, “nada de sobreparar, en los pares hay que frenar en serio”. Forcé una sonrisa y miré hacia delante mientras me tragaba con asco las palabras que nunca te dije. Los signos de exclamación chocaban contra las paredes de mi garganta, abriendo viejas yagas y soltando un ácido punzante que llegaba desde el hueco vacío de mi estómago hasta la punta de mi lengua.
Por eso ahora no tienes derecho a pedirme que me lave las manos. El peso de ese “forever” me fuerza a caminar mirando hacia abajo, aceptando ese “nothing is better” con resignación. Lo único que me queda de los viejos lugares y los momentos compartidos son las manchas de tinta que supieron escuchar lo que tú no te dignaste a preguntar.
Me lavaré las manos algún día. Pero por el momento me contento con desobedecerte y sólo bajar la velocidad, aunque cada calle que cruce me desafíe con un nuevo PARE.
Tuesday, August 28, 2007
agenda
siempre cargaba la agenda. era una libreta simple, azul, pequeña, pero en ella se podía ver toda una semana de un solo vistazo. 7 columnas compuestas por 24 líneas perfectamente derechas, aunque las columnas del sábado y el domingo era un poco más chicas, quizás insinuando que los fines de semana debían tener un horario más flexible—una deliciosa espontaneidad programada que la hacía sentir joven y divertida y aventurera.
la mayoría de esas líneas estaban llenas de preocupaciones tan minúsculas como la-cita-con-el-dentista o comprar-zapatos-nuevos, pero claro que había espacio para el amor y la amistad y la familia. tenía reservada la línea 17 del 8 de junio por ejemplo para el-café-con-las-amigas y la 5 del día siguiente para el-regreso-de-la-discoteca-con-el-chico. a veces le provocaba que dejen de ser tan ineficientes en la imprenta y publiquen ya la agenda del 2008 y 2009 y, de ser posible, la del 2010, porque sería tan relajante empezar ya a llenarlas de anotaciones. y además, si se presentaba un imprevisto lo podía apuntar en la casilla de “no olvidar” que se ubicaba encima de las columnas del jueves, viernes, y sábado. aunque claro, a veces era un poco estresante cuando llegaba el lunes y ya tenía llena la casilla de “no olvidar,” o cuando se topaba con asuntos como EL AMOR, LA AMISTAD, y LA FAMILIA que no cabían entre las líneas de las columnas ni en la casilla de “no olvidar”. pero eso no importaba, porque las cosas se hacen en orden y ya decidí hace meses que hoy es la-cita-con-la-peluquera y qué me importa que la pasaron tan bien ayer HACIENDO-NADA-TODOS-JUNTOS, la próxima vez avisan con tiempo y quedamos bien, fíjate que en dos semanas tengo unas cuantas líneas libres...
la mayoría de esas líneas estaban llenas de preocupaciones tan minúsculas como la-cita-con-el-dentista o comprar-zapatos-nuevos, pero claro que había espacio para el amor y la amistad y la familia. tenía reservada la línea 17 del 8 de junio por ejemplo para el-café-con-las-amigas y la 5 del día siguiente para el-regreso-de-la-discoteca-con-el-chico. a veces le provocaba que dejen de ser tan ineficientes en la imprenta y publiquen ya la agenda del 2008 y 2009 y, de ser posible, la del 2010, porque sería tan relajante empezar ya a llenarlas de anotaciones. y además, si se presentaba un imprevisto lo podía apuntar en la casilla de “no olvidar” que se ubicaba encima de las columnas del jueves, viernes, y sábado. aunque claro, a veces era un poco estresante cuando llegaba el lunes y ya tenía llena la casilla de “no olvidar,” o cuando se topaba con asuntos como EL AMOR, LA AMISTAD, y LA FAMILIA que no cabían entre las líneas de las columnas ni en la casilla de “no olvidar”. pero eso no importaba, porque las cosas se hacen en orden y ya decidí hace meses que hoy es la-cita-con-la-peluquera y qué me importa que la pasaron tan bien ayer HACIENDO-NADA-TODOS-JUNTOS, la próxima vez avisan con tiempo y quedamos bien, fíjate que en dos semanas tengo unas cuantas líneas libres...
Sunday, August 19, 2007
Cine

Sentada frente a la pantalla. Inmóvil.
En la pantalla cantan, bailan, comen. En la pantalla hablan.
Sentada frente a la pantalla. Inmóvil.
En la pantalla acción. En la pantalla movimiento, vida, amor.
Sentada frente a la pantalla. Inmóvil.
Ríe.
-¿Vida ésa? ¡Vida la mía! Vivir jugando juego ajeno, vivir actuando, vivir mentira. Vivir peón del ajedrez social. Vivir bajo reglas implícitas. ¡Vida la mía!
-¡Vida la del observador! Empieza la vida cuando el juego termina. ¿Vive más el títere o el que lo mira?
-Yo entiendo el juego. El que ellos juegan día a día. Sin saberlo, pero juegan. Yo entiendo el juego, entiendo a los juguetes, entiendo la vida.
-Y yo la veo. Veo la vida. Los veo a ellos, los juguetes: transparentes. Los veo porque repiten mi vida. Dos veces, tres veces, infinita. Siempre se ve más claro el espejo retrovisor que el parabrisas.
Y de nuevo.
Sentada frente a la pantalla. Inmóvil.
Los juguetes juegan en la pantalla. Repiten el libreto de la vida. Y atrás de ella, él la mira.
La observa, la analiza, la comprende, la entiende. Ve su juego: juego propio, pero juego. Igualita. Igualita a los juguetes de la pantalla. La mira.
La mira. Sola, perdida. Envuelta en sus ideas, sus mentiras. Su juego negado, su contradicción. La mira.
La mira. Defendiendo su vida, su soledad, su mentira. Despreciando juego ajeno. Despreciando pantalla. Despreciando lo que mira, sentada frente a la pantalla. Inmóvil.
Voltea.
La observadora observada. Adrenalina.
Lo analiza, lo ve, lo mira. Pero no se ve en él. No ve en él su vida. ¿Qué juego juegas?—pregunta tácita. Tiene empañado el parabrisas.
La observadora observada. Adrenalina. Miedo.
Él ríe.
Dame la mano—orden tácita. Ella obedece. Yo miro.
Sunday, August 5, 2007
Mundo

En Argentina le dicen “Rayuela”; en Chile “luche”; en Lima yo siempre lo llamé “Mundo¨. Es un juego de chicos que consiste en embocar una piedrita en el cuadrado #1, saltar hasta allí en una pierna, recoger la piedra sin caerte, y regresar a la base sin pisar las rayas que separan los cuadrados. Se hace lo mismo con el 2, 3, 4, y así sucesivamente hasta llegar al óvalo donde queda el 10 pero que se llama (muy apropiadamente) mundo.
Lo vengo jugando desde hace años—en el Mundo de asfalto del cole, en los Mundos de arena que dibujaba en la playa—pero recientemente las distancias entre un cuadrado y otro se vuelven cada vez más largas, y mientras más lejos veo el óvalo del mundo, más en serio me tomo el juego, y más me suda la mano cuando trato de hacer puntería. Y mientras más me alejo de la base, más nerviosa me pongo al regresar… ¡qué rabia pisar la raya que separa el 1 del 2 y tener que volver a embocar la piedra en el 9! ¡Qué vergüenza volver a la base desde tan lejos caminando cuando ya se vio a los amigos regresar saltando y con cara de ¨¿viste? Yo ya la hice, te toca¨!
Pero lo que me da más miedo no es fallar, sino ganar. Cada cuadrado tiene su encanto. Nunca estoy completamente cómoda balanceándome en un pie dentro de sus límites, pero por pequeño que sea, el saber que el asunto es temporal es remedio contra la claustrofobia. Y así me construyo una vida en cada cuadrado, y es muy divertido jugar a ser intelectual en una ciudad de marfil, o mujer de mundo en una compañía multinacional, y hasta limpiar un departamento que llamo mío pero es alquilado es novedad y entretenido y emocionante. Pero, ¿qué va a pasar el día que me toque dejar de jugar y empezar a ser… y las cuentas y las responsabilidades vayan cerrando el ovalo hasta que termine balanceándome también allí pero con el peso de una eternidad de lo mismo sobre los hombros? ¿Se puede volver a empezar otro juego entonces? ¿Cuándo se es muy grande para jugar Mundo? ¿O será que ando jugando mal toda la vida y que en el óvalo del 10 queda el cielo y no el mundo?
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